Qué nos deja el 190917

Recientemente vi en un twit enviado por Luis de la Calle un simple ¡Gracias! A una fotografía de un rescatista que, agotado, viajaba dormido en un lugar individual del metro de la CDMX.

¡Gracias! Es lo que todos debemos a quienes, ya sea porque es su trabajo o bien porque sintieron necesidad de ayudar, o por ambas cosas, pero a todos ellos debemos un enorme ¡GRACIAS!

Aun así, hay que asomarnos a lo que viene. Tristeza por las noticias aún sin difundir. Enojo con quienes les gusta manipular la información para la ganancia de audiencia. Desprecio por quienes emiten información falsa, como falsa su reputación humana. Incredulidad por quienes aprovechando estos momentos (días) de desolación y desconcierto, asaltan o roban, por ejemplo, la cámara térmica que tenían en uno de los edificios donde buscaban calor de vida.

A los miles que emocional y físicamente son damnificados; a quienes perdieron a un cercano querido; a quienes tuvieron la mala fortuna de ver cómo se desploma un edificio frente a ellos; a todos aquellos que, con una voluntad a prueba de críticas, se forman en barreras humanas buscando su turno para ayudar, para hacer lo posible por contribuir en beneficio de alguien, no importa quién.

Leemos titulares en los que se destaca que los voluntarios se manifiestan y se hacen presentes. Los medios cubren más unos lugares que otros, buscando amarrar a sus audiencias con giros periodísticos probados de sufrimiento y esperanza.

Una conductora de credibilidad e inteligencia como Denise Maerker que cuestiona y busca información y la vieja escuela de Joaquín López Dóriga que busca el impacto barato y falto de rigor e inteligencia, (quizá el mayor de los atributos de ella, fue soportar la falta de responsabilidad de él). Ambos eso sí, apresurados por la circunstancia del momento y por la información que oficialmente les proporcionaron se dieron a la difusión de angustia y esperanza.

Ausencia en los protocolos de confirmación que la autoridad debió seguir, así como también la falta de rigor periodístico aunado a la desorbitada carrera de Televisa por cubrir una historia llena de esperanza humana que terminó desmoronándose. Vendría luego la disculpa de la autoridad, pero no de Televisa que al recargarse en el error de la fuente, se resiste a reconocer su innegable interés de favorecer sus medidores de rating.

Un presidente haciendo esfuerzos obvios por ganar algo de la reputación perdida y rascar migajas de credibilidad, haciéndose presente (nomás faltaba) ordenando y haciendo énfasis en las órdenes que él dio a tal y tal para atender esto y aquello.

¿Cuánto más nos queda por sentir?

El desaliento y las lágrimas que inevitablemente se vive en las familias observadoras pasivas de una desgracia como ésta.

La voluntad de ayudar de miles de personas que en principio no buscaron salir en los medios y hacerse selfies, sino que se movieron con la firme intención de ayudar.

Los mensajes de apoyo que de pronto recibes de personas que viven lejos y que, imagino, pasan lista de sus mexicanos conocidos y se atreven a escribir rogando obtener una respuesta.

El 190917 nos deja sabores amargos que habremos de aprender a sobrellevar. No será fácil y no será pronto, pero es necesario hacerlo pues en estas semanas y meses llegarán al mundo otros mexicanos a los que habremos de contarles lo sucedido; que nos mirarán con ojos incrédulos; que buscarán información y nos preguntarán ¿y tú que hiciste?

¿Alcanzará la indignación?

Una voz más en este río revuelto de la desesperación y la impotencia frente a la impunidad y la corrupción tan evidente en nuestro país, ¿servirá de algo?

Soy generalmente una persona que me informo leyendo los diarios, revistas, o bien escuchando noticias y programas de debate en radio y televisión.

Estas últimas semanas el tema favorito de todos es el deterioro de la credibilidad en los sistemas de justicia y en las autoridades de prácticamente todos los niveles.

Las historias van y vienen. Los comentarios en la calle son sobre mismo tema y estirando la liga de los comentarios, siempre sobreviene sensación de que como simples ciudadanos no podemos hacer casi nada por mejorar las cosas.

Asombra, no obstante, la cantidad de iniciativas con origen precisamente en los ciudadanos, que buscan hacer lo que las propias leyes mexicanas dictan, esto es, no inventar nada más que lograr que se cumpla con las leyes. Esto es al parecer pedir mucho.

Un amigo abogado comentaba en tono de broma seria, que estaba ya por avisar y “colgar” su título de abogado pues las cosas que se han visto últimamente provocarían infartos fulminantes a los maestros de las escuelas de derecho en todo el país.

Javier Duarte y el periplo orquestado por las autoridades para que después de unos meses pueda salir sin problema pues (al parecer de manera deliberada) no estudiaron ni fueron capaces de organizar una investigación con fundamentos serios que permita seguirle un caso de forma justa y apegada a la ley. El espectáculo alrededor del exgobernador de Veracruz, que ha servido, eso sí, para acumular toneladas de desprestigio al gobierno actual cuyos titulares parecen obrar desde un sitio de absoluta soberbia y prepotencia. Al grado de que pueden afirmar, en el otro caso que atrapa nuestra atención, que el Sr. Mena y su hijo murieron en el socavón porque al manejar no se fijaron que había un hoyo…

En éste sentido organizaciones como Mexicanos Unidos contra la Corrupción y la Impunidad; la iniciativa #Vamos por mas; MeXXico libre de Corrupción; Ahora; y recientemente la entrada en operación de la iniciativa presidida por Jacqueline Peschard Sistema Nacional Anticorrupción (SNA) que “por primera vez une esfuerzos institucionales que apoyados por la transparencia y rendición de cuentas, buscan fortalecer la confianza de los ciudadanos en las instituciones en un marco de promoción de la legalidad y las buenas prácticas”.

Un ejemplo de ello es el que “MeXXico libre de corrupción” ha realizado  convocando al seminario “on-line” “Avances SNA, la creación de las instituciones para combatir la corrupción”, justo al día siguiente de la entrada en operación del SNA en el que propone un primer análisis, que promete continuar.  (pueden encontrar este primer ejercicio en la página de la organización www.mexxi.co).

Por eso la pregunta de si sirve de algo una voz mas. A riesgo de caer en lugares comunes, la respuesta es que sin duda hay que levantar la voz. En tantos foros como encontremos y denunciando las tropelías corruptas que vean o de las que sean víctimas. Pasar del clásico “Ya basta” al “ya denuncié”. Aguantarnos la decepción si es que no pasara nada con expectativa de justicia; el recipiente de denuncias se colmará de reclamos y comenzaremos a ver, al tiempo, que las cosas comenzarán a cambiar. ¿naif, ingenuo o visión infantil? Es probable, pero finalmente la legalidad tendría que ser el camino a seguir para todos; de no ser así ¿por dónde habríamos de caminar?

En mi labor profesional me he encontrado con una cerrazón imperante de muchos medios de comunicación respecto de temas (que no puedo mencionar por razones de secrecía) que están marcados por una impunidad y falta de apego a la más elemental de las razones legales y que reflejan la abierta complicidad entre empresas, internacionales y nacionales, y las autoridades mexicanas para, como en el caso del famoso socavón, presentar un presupuesto que con toda tranquilidad se duplica en la práctica y que sólo dura 90 días.

La falta de vergüenza de los responsables por parte de las autoridades y las empresas involucradas; la nula sensibilidad mostrada para las familias de las personas fallecidas; la desfachatez de declaraciones que intentan minimizar los hechos; o bien la ausencia de sensatez en el manejo jurídico en los casos como el de Javier Duarte y sus cómplices, provocan un malestar que seguramente, espero que así sea, se verá reflejado en el apoyo de nosotros ciudadanos a la hora de elegir a nuestros representantes.

Ojalá que nos alcance la indignación para presionar la aplicación de la justicia para todos los que nos han robado y pretendido engañar.

Corrupción: ¿evidenciarla o combatirla?

Un avance del libro  “Un mundo de oportunidades” del Dr. Luis Rubio(Tomado del diario Reforma del 9 de julio del 2017)El dilema es: evidenciar la corrupción e impunidad o combatirla. No se trata de un juego de palabras, sino de un planteamiento político. En un plano hipotético, sería posible diferenciar a quienes proponen o enfatizan una u otra vertiente de acuerdo a su percepción de lo que es posible. Quienes están seguros de la podredumbre imperante tienden a ser activistas y a preferir el escándalo público como medio para generar un caldo de cultivo propicio para atender el problema de fondo. Por su parte, quienes conocen las entrañas de la bestia saben bien que existen innumerables mecanismos, todos ellos perfectamente establecidos y conocidos, que hacen posible la corrupción. Los primeros son activistas políticos; los segundos tienden a ser auditores, administradores y políticos pragmáticos. La decisión de cómo encarar el problema es profundamente política y entraña consecuencias reales en la vida cotidiana tanto de la sociedad como de la política.

Comencemos por lo obvio: todo en el país parece diseñado para que prospere la corrupción. Las reglas institucionales se definen de una manera tan ambigua, o tan discrecional, que siempre es posible interpretarlas de tal manera que permitan y faciliten la corrupción o, de igual manera, castigar sin misericordia una acción perfectamente lícita y adecuada cuando así conviene al político en turno. En pocas palabras, la corrupción no es producto de la casualidad, sino de un diseño implícito que la hace posible y perdurable. Si de verdad se quiere acabar con la corrupción, habría que modificar las reglas que la reproducen. Por otra parte, si el objetivo es político, la corrupción no se va a acabar, simplemente seguirá mutando.

En el tema de la corrupción, la pregunta relevante no es de carácter moral, sino práctico. Si uno parte del principio de que hay gente honesta que deshonesta por igual, la clave entonces no son las personas, sino el entorno y las instituciones que delimitan su conducta. Si no fuese así, tendríamos que aceptar que la moral de una persona determina el potencial de corrupción de una actividad o puesto público y caeríamos de inmediato en la indefinición que animaba a muchos priistas cuando decían “no me des; sólo ponme donde hay”. Es obvio que el tema no es de moralidad, sino de oportunidad. La pregunta es qué es lo que crea la oportunidad de la corrupción.

La corrupción florece bajo dos condiciones evidentes: la obscuridad y la discrecionalidad. Cuando no existe transparencia y claridad sobre los procesos y decisiones que tienen lugar en una determinada empresa o entidad, los funcionarios de la misma tienen amplias oportunidades para hacer de las suyas. Es decir, el que existan espacios de decisión que no están sujetos al escrutinio público se convierte en una oportunidad para que un funcionario deshonesto aproveche la circunstancia para su beneficio personal o el de terceros. Algo parecido ocurre cuando la legislación o regulaciones que norman el funcionamiento de una empresa pública o entidad gubernamental otorga a sus funcionarios facultades discrecionales tan amplias que permiten cualquier interpretación al momento de tomar una decisión. De esta manera, cuando la autoridad cuenta con la facultad de aprobar o rechazar una petición, permiso o adquisición sin que medie un análisis y un procedimiento escrupuloso y sin tener que dar explicación alguna, entonces el potencial de incurrir en situaciones de corrupción es infinito. Además, ese potencial se multiplica cuando no existen sanciones por violar las regulaciones (incluida, por ejemplo, la falta de transparencia, así la ordene la ley).

El punto es que la corrupción no surge en un vacío. Más bien, son las reglas que gobiernan el proceso de toma de decisiones las que crean o impiden la existencia de oportunidades de corrupción.

Si esto es tan obvio, entonces la manera de terminar con la corrupción es con reglas del juego (ya sea en el propio marco jurídico o en la forma de decidir) que hagan imposible la arbitrariedad: es decir, que confieran a la autoridad las facultades discrecionales necesarias, pero no tan amplias, que entrañen una alteración sustantiva de lo establecido en la regulación.

Hay cuatro formas en que sería posible, al menos en concepto, romper el círculo vicioso de la corrupción e impunidad en México.

La primera sería acabando con la incipiente democratización del poder que ha experimentado el país en años recientes. Eso es precisamente lo que hizo el presidente Putin en Rusia: en sólo unos cuantos meses, acabó con la elección directa de gobernadores y retornó al viejo sistema de nombramientos centralizados; acto sucesivo, acorraló al parlamento, limitó la disidencia y controló sus procesos internos. Al re-centralizar el poder, el presidente ruso construyó nuevas instituciones, fortaleció las policías y logró un amplio apoyo popular. Aunque la Rusia actual no se parece en nada al viejo sistema comunista, el experimento democrático de los ochenta se disipó como agua entre los dedos; no menos importante, fue algo popular.

Una segunda forma de atender el problema sería modificando la estructura del poder que vive y se nutre de la ambigüedad que es inherente a todo el sistema político, ambigüedad que favorece una amplísima discrecionalidad, misma que bordea en la absoluta arbitrariedad. Si de verdad queremos acabar con la corrupción y la impunidad, este sería el camino idóneo.

Una tercera manera de romper el círculo vicioso es que el aparato del poder cambie, cediendo, de manera altruista, sus fuentes de poder y financiamiento. Como eso no va a ocurrir, la pregunta es si la sociedad puede obligar a que se dé una alteración de las estructuras de poder. Ésta fue mi propuesta en el libro Una Utopía Mexicana, donde propuse que el presidente encabezara ese proceso de cambio de esta naturaleza, a sabiendas de que eso no ocurriría. De hecho, en el siguiente libro, El Problema del Poder, analicé porqué eso es imposible: dada la estructura de intereses y privilegios que caracteriza al país, la noción misma de pretender una transformación “desde adentro” resulta claramente ingenua.

Una cuarta línea de acción, esa que sigue un amplio grupo de activistas, con frecuencia radica menos en el análisis de los problemas que en su exposición pública. Su objetivo no es cambiar -corregir, adecuar o resolver sus problemas- sino cambiar al sistema en su conjunto. Por supuesto, hay un creciente grupo de organizaciones dedicadas a construir soluciones institucionales en ámbitos como el de la transparencia y la rendición de cuentas, pero son la excepción: la línea que separa a las instituciones que fundamentan su trabajo en el análisis serio y la propuesta de soluciones de aquellas que encabezan activistas dedicados a exhibir y combatir con el oprobio a los casos que ellos consideran, sin análisis, ser ejemplos de corrupción, es por demás endeble. En términos generales, los activistas basan su actividad en el abuso de la información y siguen agendas políticas precocinadas en sus denuncias y publicaciones. Algunos de quienes siguen esta línea de acción entienden ese objetivo con claridad, otros suponen que el escándalo público es un medio aceptable para llevar a cabo cambios necesarios. En cualquier caso, el problema de esta estrategia es que parte del principio de que no es posible cambiar o mejorar al sistema existente sino que es necesario eliminarlo. De esta manera, conscientemente o no, se trata de movimientos políticos, no de proyectos dedicados a la corrección de los problemas existentes, dentro de los marcos institucionales prevalecientes.

Estos cuatro caminos arrojan la interrogante obvia de si el cambio del país puede provenir de la sociedad.

La evidencia acumulada sugiere que la sociedad mexicana ha mostrado severas limitaciones a encabezar procesos transformadores; es particularmente pasiva, aunque nada impide que esa pasividad cambie en el tiempo, sobre todo con una mayor sensación de libertad y una mayor apariencia de corrupción.

Más bien, son grupos de activistas los que han adquirido dimensiones protagónicas precisamente por la ausencia de una sociedad dispuesta a organizarse y a actuar por sí misma. Queda así la gran disquisición de cómo puede la sociedad hacer valer sus derechos en esta era de competencia y democratización. No es un dilema menor.

El sistema político mexicano se constituyó para pacificar al país y privilegiar a los ganadores de la gesta revolucionaria. El sistema que de ahí emergió logró su cometido en ambos sentidos, pero tuvo el efecto de congelarse en el tiempo, impidiendo una evolución normal y natural, conforme con el crecimiento y desarrollo de la sociedad y de la economía. La corrupción, la impunidad, la informalidad y otras distorsiones son síntomas de un sistema político y legal expresamente diseñado para favorecer y privilegiar a ciertos sectores de la sociedad, para escoger ganadores (y, por consecuencia inexorable, perdedores) y, por lo tanto, se convirtió en un impedimento estructural a la existencia de instituciones fuertes, independientes y permanentes. Es decir, en el corazón de la arbitrariedad que hace posible -y necesaria- la corrupción y la impunidad, yace una estructura de poder que se beneficia de ello y que no ve razón para alterar el orden establecido.

La sociedad mexicana ha llegado a la conclusión de que la corrupción y la impunidad son los dos grandes males que producen violencia, improductividad y desazón. De lo que no hay duda es que estos fenómenos han cambiado a la sociedad mexicana y le han incorporado un sentido de militancia y actividad que no existían antes. La interrogante es si estos elementos se podrían convertir en un catalizador para transformar a la sociedad y convertirla en un verdadero factor de cambio político en México.

El autor es presidente de México Evalúa, CIDAC y Comexi.

Fragmento del libro Un mundo de oportunidades, de Luis Rubio. México Evalúa, Cidac, Wilson Center. México, 2017.

Videojuegos y jóvenes

Recientemente fui a un plantel donde conviven preparatoria y universidad, al norte de la ciudad para atender algunos trámites pendientes de un sobrino.

Llegué antes de la cita lo que me permitió pasearme por los pasillos de la universidad y asomarme a las aulas donde tenían clase.

Dos cosas llamaron mi atención. La cantidad de jóvenes en el campus; contentos, grupos estudiando en los jardines y en la cafetería (imposible entender cómo pueden estudiar con la música de la rockola a todo volumen) pero lo hacen.

Lo otro que llamó mi atención es que al asomarme a algunas de esas puertas con cristal que ven por atrás a los jóvenes en el salón, muchos, de verdad muchos, atendían más a los videojuegos en sus dispositivos que a los maestros que se esforzaban por atraer la atención de sus alumnos.

Los videojuegos han tenido un ascenso impresionante en los últimos años. Sobre todo, por la accesibilidad a través de dispositivos móviles. La facilidad por conectarse en un ambiente wifi sin tener que consumir planes personales de datos, resulta altamente atractivo y muy útil para distraerse todo el día jugando. Algunos datos para alimentar este tema**:

  • Estimaciones de la consultora The Competitive Intelligence Unit (CIU) indican que en este 2017 el valor de mercado de los videojuegos en México cerrará en $24,771 millones de pesos, es decir que en ocho años su valor se ha duplicado.
  • El crecimiento se atribuye aspectos tecnológicos, de innovación, contenido y publicidad. Cabe resaltar que en México dos de cada tres usuarios de celular cuentan con un smartphone y el INEGI revela que siendo el principal dispositivo para acceder a videojuegos seguido por las consolas.

Llama la atención que la promoción y la publicidad relacionada a los dispositivos y sus capacidades no son de acceso natural para quienes no estamos en esos ambientes. Lo que quiero decir es que, a los ojos y oídos de una generación como la mía, la publicidad que antes era de “boca en boca” ha pasado a ser “de tuit a tuit”, de “posteo a posteo”, de “mensaje a mensaje”.

Los colegas contemporáneos míos estarán de acuerdo conmigo en que la velocidad de dispersión de este tipo fenómenos supera, por mucho, la que teníamos hace no más de 20 años.

Lo cierto es que la industria de los videojuegos ha llegado a crecer más que cualquiera otra. Duplicar el valor de mercado en tan solo 8 años, se dice fácil.

Claro, dirán los escépticos, es por la edad promedio del bono demográfico que tenemos en México, en el que la transformación de la pirámide poblacional, que pasa de una con base amplia que se angosta (muchos niños e infantes y pocos abuelos) a una con extremos más delgados y centro ancho (relativamente pocas personas muy jóvenes y muy viejas y una gran proporción de población en edad de trabajar).

El crecimiento de la atención a las opciones móviles en contraposición con los medios tradicionales de comunicación, -la prensa escrita y la televisión tradicional- han capturado a ese el grupo de edad que va de 15 a los 50 años, sobre todo en las grandes urbes, y es en la fase baja de este grupo, es donde se encuentra concentrado más del 70% de los aficionados a los videojuegos.

Aunque mi visita fue breve debo decir que del total de salones de clase que me atreví a observar, la mayor parte de los video-jugadores son varones quizá porque los más populares son de temas violentos, autos, aliens, deportes, etc.

Lo que sigue pues es incierto. ¿qué van a hacer estos jóvenes cuando alcancen una edad productiva? ¿qué tipo de video juegos veremos dentro de 5, 10 ó 30 años? ¿qué opciones inventará la industria para atraer a las jóvenes universitarias? (quienes representan más del 51% de la población en México).

Al tiempo…

**Departamento de investigación Merca2.0

¿Y la válvula de escape?

No por ser periodistas son más o menos humanos, o mexicanos, o de cualquier nacionalidad.

Para intentar entender lo que sucede en el país recurro a los lugares que, desafortunadamente, ahora son más comunes que antes: “todo es culpa del gobierno”, es la corrupción rampante”, “los políticos de este gobierno no tienen para cuando dejar de saquear el país”, etc.

El lugar común que ocupan estas y otras consignas están ganadas a pulso. En los casi 40 años de actividad profesional no había visto nada igual. El deterioro de la tranquilidad para vivir ha llegado a lugares desconocidos.

Leo los diarios y las noticias y me encuentro con que en todos lados viven un problema similar.

Esto que las autoridades y los medios llaman delincuencia organizada es un fiel reflejo de la organización entre la delincuencia y las autoridades. Al menos a eso suena cuando están las denuncias, videos inculpando personas, cárceles donde celebran con comilonas, videos que atestiguan las extorsiones desde la cárcel y los custodios paseando tranquilamente entre ellos… sí, es Delincuencia Organizada.

Ahora se alza la demanda de justicia pues en unos meses han asesinado a periodistas que además de su labor propia de periodismo, lo hacían con el interés de exponer las atrocidades de esa delincuencia organizada.

Que lo importante es alzar la voz ante cualquier muerte de cualquier persona, ¡por supuesto!; eso así debe de ser.

A la indignación de los medios por lo que afecta al gremio de los periodistas debemos sumarnos todos; por ser personas, por ser mexicanos y también por ser periodistas, pues ellos son quienes aspiran (y nosotros también) a mostrar la organización de esa delincuencia que tiene sumidos a los mexicanos en un embudo de manos atadas e indignación.

En este escenario, quizá (por decir lo menos) por ausencia de pericia política, el presidente afirma hoy (17 de mayo) “México tiene que distinguirse por proteger a los periodistas…”

¿Cómo tomar una declaración como ésta cuando arde el rechazo a la ausencia de resultados en materia de seguridad y transparencia?

Dada la ausencia de resultados, lo obvio es que en la conciencia colectiva exista nula confianza en los dichos de los políticos. Como si fueran recortados del mismo guion, nos dicen lo mismo sin importar el estado, municipio o dependencia federal en el que colaboren.

La incógnita es la reacción de la comunidad civil, por llamar de alguna manera, al grueso de ciudadanos en México.

¿Qué se está cocinando en las parrillas de la reacción social? ¿Será que la iniciativa social rebase los cálculos de todas las organizaciones políticas?

De ser así, ¿alguien sabe dónde se activan las válvulas de escape que permitan bajar la presión de lo que puede estar cocinándose?

 

Expertos en Estrategias de Comunicación y Relaciones Institucionales