Aunque ganó, perdió Clinton.

Pese a que la mayor parte de los votantes de Estados Unidos votó por ella, hay que entender que la estructura electoral de ese país le dio el triunfo a su contrincante.

Y claro, existen oportunistas que, como yo, una vez consumado el hecho nos atrevemos a opinar. Por supuesto que yo no tengo el menor interés en ese país del norte, pero se, y diariamente lo vivo, que sus decisiones afectan de manera muy relevante a la economía de nuestro país y por lo tanto a mi.

Comparto con casi todos los mexicanos la visión despectiva hacia la figura de Trump. De los calificativos que he escuchado todos tienen un poco de lo que él es y representa. No obstante logró que Clinton perdiera.

¿Explicaciones? Pues sí, un montón. Muchas de ellas realmente inteligentes. Solo que si nos asomamos a los votantes (como en el BREXIT, Colombia  y ahora en EU) encontramos algunas constantes en las que quizá valga la pena detenerse un momento.

Trump hizo gala de aquello que nos enseñaron en la universidad “Que hablen mal o bien de mí, pero que hablen”. Nadie mejor para corroborar que, en este caso, funcionó.

Claro, ya lo han apuntado los analistas políticos, los que votaron por él, en realidad lo hicieron por tener a alguien distinto en la presidencia. Asombra que quieran a alguien “así de distinto” como este señor. Pero lo importante es entender que lo que ya no quisieron fue darle una nueva oportunidad a los “políticos clásicos”, a los que han gobernado como hasta ahora.

Es importante pues una vez más, después del Reino Unido y Colombia, quienes salieron a votar fueron los que si perciben la necesidad de un cambio.

Los jóvenes, aparentemente son ellos los que, con su silencio, apoyaron los triunfos de lo que parecieran ser opciones fuera de lugar,  sin sentido común, cuando la verdad es que entre quienes votaron encontramos, por llamarlo de alguna manera “otro sentido común”.

Quizá el problema fue que las campañas apostaron, entre otras cosas, por la cobertura informativa a través de las versiones digitales; las redes sociales.

Tenemos en el tintero de quienes escriben historia, muchos ejemplos de lo efectivo que puede ser una buena estrategia de campaña en sus versiones digitales. Pero todos los ejemplos exitosos tienen un común denominador: “el interés por el tema”.

Hacer añicos la imagen de una persona que fue captada abusando de su condición de político o de adinerado, capta de inmediato “el interés” de los jóvenes quienes se encargan de bautizarlo (a) y darle juego hasta doblegar cualquier intento de defensa.

En México, como en otros países, la lealtad por el anonimato, tiene un lugar importante. Se logran resultados de manera impresionante mismos que se diluyen casi a la misma velocidad en la que crecieron.

“El interés por el tema” surge, se manifiesta al máximo y se diluye. Nace, crece, se reproduce y muere. Hay ejemplos en México que son dignos de un estudio sociológico. Los “lores y las ladies” abundan. Los políticos corruptos han probado los sinsabores (para ellos) de ser atacados por todos lados. El exgobernador de Veracruz es el caso más cercano a una manifestación colectiva en contra de alguien. Pero ya se diluyó. El daño se hizo y ahora hay que esperar un nuevo escándalo para apoyar. De cualquier manera las cosas no parecen enderzar el camino.

En Estados unidos sucedió algo similar. Los jóvenes que no salieron a votar fue, quizá, por una “falta de interés en el tema”. Si la señora Clinton le apostó a comunicarse con la juventud de su país a través de las redes sociales, con argumentos que no fueron del interés de los jóvenes, pues la reacción estaba más que cantada. Aquellas personas que votaron a favor de Trump, lo hicieron influidos, quizá, por los medios tradicionales y con un discurso que les llamó la atención por irreverente, misógino, pedante y cuantas más lindezas de este tipo, pero “fue de su interés”.

Entonces el camino para futuras campañas políticas está más o menos enmarcado en la relación “Juventud – Interés”.

En México nos acercamos a una campaña por la Presidencia de la República en la que seguramente los estrategas tendrán que definir muy bien los mensajes que sean “del interés” de todo mundo sobre todo de los jóvenes.

La cantaleta de que “si no votas no te quejes” ya no funciona pues quienes hemos votado y nos hemos quejado no vemos repercusión alguna. Nos acercamos entonces a un nuevo ejercicio democrático (en el que si gana el que más votos tiene) que se definirá por el voto de las juventudes. Ni los señores del partido en el poder se creen ya que pueden ganar de otra manera. Los discursos políticos están tan obsoletos y tan faltos de raport con la juventud que nuevamente ganará el comportamiento juvenil; a sea porque encuentren un discurso que rompa con las fórmulas tradicionales o bien porque, como no encuentran novedades y enjundia social, dejen de votar. El resultado será claro; ganarían los votos de los adultos de mediana y mayor edad por cualquiera de los partidos tradicionales.

¿Bastará con los ejemplos de los países mencionados para que los políticos y estrategas mexicanos muevan sus naves hacia los jóvenes? ¿tendrán los estrategas los talentos suficientes (y no de escritorio) para saber hacia dónde y cómo apuntar sus mensajes?

¿será que los que decidan no votar sean más que los que lo hagan y dejen ganar al postor más hábil en materia de campañas políticas?

El fenómeno que hoy viven los habitantes del Reino Unido y de Estados Unidos puede estar por repetirse. La mayoría no será los que voten sino los que dejen de hacerlo y estos serán los triunfadores.

Al tiempo.

Citibanamex: el fin de una época

Hace casi de 35 años inició un periodo en el mundo bancario que marcó para siempre a la industria.

La nacionalización bancaria cambiaría de tajo el respeto y hasta la admiración de banqueros de otras latitudes quienes viajaban a México a entrevistarse con sus pares para conocer las prácticas de aquellos banqueros en el país.

Diez años después comenzó la re-privatización de los bancos los cuales fueron adquiridos por personas e instituciones que quizá, no contaban con el “espíritu banquero”;  ese al que se invoca cuando se trata de negocios de altísima reputación y plazos largos.

Los llamados “casabolseros” irrumpieron en el negocio bancario y se hicieron de las marcas que nos acompañaron por años. El Banco de Comercio (Bancomer); Serfin, (antes Banco de Londres y México); Banco Nacional de México (Banamex); Banco Internacional (BITAL); qué me dicen de Comermex, que pasó a ser Inverlat para quedarse después con el Scotiabank y Banorte, quizá, es el único de los grandes bancos comerciales que se ha escapado de esta tendencia; y aunque la tradición de los tres grandes no incluye a Banorte, éste ha sabido mantenerse más cercano a los clientes nacionales con una oferta que distingue cierto nacionalismo.

El plan, si es que lo hubo, no resultó y al cabo de unos pocos años las instituciones bancarias comenzaron, ya por el deterioro de las finanzas públicas, la fuerte devaluación de diciembre del 1994 o bien por estrategias equivocadas, la banca nacional fue adquirida por instituciones internacionales.

Hasta aquí para nosotros cuentahabientes las cosas fueron bastante transparentes. No tuvimos quebrantos y nuestro dinero siguió donde tenía que estar. (para muestra en contrario el de Argentina).

Pero los usuarios de los servicios bancarios si vivimos un cambio en las marcas de los que habían sido nuestros bancos desde muy atrás y esto se reflejó, o quizá aprendimos a notarlo, en la atención que se nos ofrecía.

Recordemos casos que de la noche a la mañana cambiaron su imagen, como el de BITAL, que había tenido una de las campañas más agresivas y efectivas de la historia de la publicidad bancaria y su abrupto cambio hacia el HSBC.

Hubo también ejercicios paulatinos de convivencia de dos marcas, como el caso de Serfin y Santander que, luego de mantener ambas marcas por algunos años e incluso competir entre ellas, dan el giro hacia una sola institución llamada Santander Serfin para luego quedarse con el nombre del banco español.

Aunque con algunos ejercicios, como rounds de sombra, Bancomer adopta el nombre de BBVA para quitárselo y avanzar en su estrategia y dar el paso a lo que hoy tenemos como BBVA Bancomer.

El que faltaba era Banamex; el llamado El Banco Nacional de México (nada más) aguantó hasta hace apenas unas semanas (04 de octubre). Quizá por el prestigio o bien por las estrategias propias de sus nuevos dueños, se manejaron a nivel de negocios entrando al mundo de los inversionistas, de la banca privada y corporativa con el nombre Citi. La banca mayorista o comercial, la que el común de los mexicanos conocemos en las sucursales bancarias, se mantuvo con su imagen, hasta que apenas unas semanas atrás, cuando perdimos el privilegio de tener una marca mexicanísima y “ensuciarla” con el “Citi” y pasar a ser Citibanamex; eso sí con el apellido “El Banco Nacional de México” (no vaya a ser que los desconozcan).

Ahora se siguen pautas marcadas desde España; Canadá; Estados Unidos; Reino Unido, etc.

Quedan para el recuerdo, la “Elegancia” implícita en la comunicación del Banco Nacional de México; la popularidad ganada por el Señor Serfin; las alcancías y tarjetas de ahorro que nos daba Bancomer y la irreverencia de Banco Internacional.

Quizá tengamos ya una banca profesionalizada que esperamos sepa sortear las inclemencias financieras y dejarnos, como hasta ahora, en paz con nuestros ahorros. Es por ello que nos llegó el fin de una época no por el negocio en si, sino por la comunicación que se ocupó del sector bancario durante tanto tiempo y que ahora concluye con la llegada formal del CitiBanamex.

 

Al tiempo